Nuevo hogar

Nos encontramos en una búsqueda perpetua. Buscamos la felicidad, el propósito, el éxito, la paz interior. Nos lanzamos a un viaje sin fin hacia un destino que creemos externo a nosotros, sin darnos cuenta de que la respuesta más fundamental ya reside en nuestro interior. La pregunta no es cómo encontrar el ser, sino ¿por qué hemos perdido la conciencia de él?

Nada hay que buscar y nada hay para encontrar. Esta simple pero profunda verdad es el punto de partida. Vosotros sabéis que sois. No albergáis duda alguna sobre vuestra propia existencia en este preciso instante. Es una certeza tan intrínseca y fundamental que a menudo la pasamos por alto, ahogada por el ruido de nuestros pensamientos, deseos y miedos. Existir no es un logro; es el estado natural.

El verdadero desafío, entonces, no es la búsqueda, sino el mantenimiento. Lo único que debéis hacer es mantener la sensación de ser. Es un acto de anclaje en el presente, un retorno constante a la conciencia de “yo soy” que precede a cualquier otra etiqueta o definición: “yo soy un profesional”, “yo soy padre”, “yo soy feliz”, “yo soy triste”. Antes de todo eso, simplemente, “yo soy”.

Pero, ¿por qué la hemos perdido? La respuesta está en aquello que los sabios y filósofos han llamado Maya: el velo de la ilusión. Maya no es una fuerza externa y malévola, sino el tejido mismo de nuestra mente no observada. Son las historias que nos contamos, las distracciones incesantes del mundo moderno, la identificación con nuestro ego y nuestras posesiones. Es la creencia de que somos nuestros pensamientos, en lugar de ser el observador silencioso detrás de ellos.

Cuando nos enredamos en Maya, nuestra atención se fragmenta. Vivimos en el recuerdo del pasado o en la ansiedad por el futuro, olvidando el único lugar donde la vida realmente sucede: el ahora. Al hacerlo, perdemos contacto con esa “sensación de ser”, que es siempre presente, siempre tranquila, siempre completa.

Tomar en serio a Maya es reconocer su juego. Es observar cómo la mente salta de un pensamiento a otro, cómo las emociones nos arrastran y cómo la sociedad nos impone un guion que nos aleja de nuestra esencia. Al conocer de primera mano este mecanismo, comenzamos a desidentificarnos de él.

El camino de regreso no requiere un mapa, sino quietud. No exige más conocimiento, sino menos ruido. Es el simple acto de volver, una y otra vez, a la silenciosa y milagrosa certeza de que ya sois.