Diablo 3: Entre la espectacularidad visual y la nostalgia del desafío

Llevo unos días sumergido de nuevo en Santuario a través de Diablo 3. Es una relación de amor-odio, o más bien, de amor con matices. No puedo negar que el juego me atrapa, pero la curva de dificultad me tiene en una constante reflexión sobre qué es lo que realmente buscamos en un ARPG.
El paseo por el parque (Dificultad Normal)
Seamos sinceros: los primeros 70 niveles de Diablo 3 son, en su mayoría, un paseo militar. El juego es extremadamente generoso, casi condescendiente. Te sientes un dios desde el minuto uno, barriendo hordas de demonios sin apenas despeinarte. Es satisfactorio, sí, pero le falta esa tensión de sentir que la muerte acecha en cada esquina.
Sin embargo, todo cambia cuando decides subir el listón. Al pasar a Experto, el juego empieza a susurrarte que quizá no eres tan invencible como creías. Los enemigos aguantan más, el posicionamiento empieza a importar y ya no basta con aporrear botones. Tengo curiosidad (y un poco de respeto) por lo que me espera en los niveles de Maestro y, sobre todo, en los rangos de Tormento. Supongo que ahí es donde realmente se pondrá a prueba mi build y mi paciencia.
El deseo prohibido: Diablo 2 con esteroides visuales
Mientras juego a la tercera entrega, no puedo evitar un pensamiento recurrente: qué increíble sería Diablo 2 con esta fluidez y capacidad gráfica.
Diablo 3 es visualmente espectacular. Los efectos de las habilidades, la iluminación de las mazmorras y la suavidad del combate son una delicia técnica. Pero, a pesar de ese brillo, mi corazón sigue anclado en la oscuridad de la segunda entrega. Diablo 2 es, para mí, una obra maestra absoluta del diseño, la atmósfera y la progresión.
El camino de vuelta
Tengo claro mi plan: voy a exprimir Diablo 3, voy a ver hasta dónde aguanto en los niveles de Tormento y disfrutaré de esa pirotecnia visual que tan bien saben hacer en Blizzard. Pero en cuanto termine, sé que mis pasos me llevarán de vuelta a Diablo 2.
Hay algo en la crudeza, en la dificultad implacable y en la gestión de personajes de la segunda parte que el 3 no ha logrado replicar del todo. Al final del día, prefiero la oscuridad genuina de una obra maestra, aunque sea menos brillante, al espectáculo fácil de un sistema que tarda demasiado en ponerse serio.
¿Y vosotros? ¿Sois de los que prefieren el “vibe coding” de Diablo 3 o la “liturgia” de Diablo 2?