En el corazón del bosque, donde el tiempo parece detenerse, moran dos figuras: un mago anciano y su joven aprendiz. El mago, con la serenidad grabada en su rostro, ha aprendido a escuchar la naturaleza de todo lo que le rodea y, con ello, teje la sinfonía del presente. Es un arte sutil, un poder que fluye sin esfuerzo. Para el joven y rudo aprendiz, este es un don ansiado, una meta lejana que observa con una mezcla de admiración y frustración.

El aprendiz lo observa todo, deseoso de desenvolver el cauce de los acontecimientos al dictado de su varita. Se ha entregado a la lectura desenfrenada, devorando tomos antiguos y resolviendo todos los misterios al alcance de su mente. Su intelecto es una fortaleza, un laberinto de conocimiento donde ninguna pregunta queda sin respuesta. Y, sin embargo, a pesar de su vasta sabiduría, una profunda tristeza se anida en su corazón. Se ve incapaz de recibir semejante don, el de la verdadera magia, y no comprende por qué.

Su error, tan común en la juventud y en la soberbia del conocimiento, es creer que la magia es una herramienta para ser empuñada, un poder para ser controlado. Cree que con suficiente aprendizaje, con suficiente voluntad, podrá doblegar la realidad. No se da cuenta de que su búsqueda incesante, su afán por “crear” la magia, es precisamente lo que le impide experimentarla.

¿Cuándo descubriría el joven mago que la magia no estaba ni más lejos ni más cerca que en el mismo ser, lejos de todo pensamiento o aprendizaje? La verdadera magia no reside en los libros ni en las palabras de poder, sino en el silencio que hay entre los pensamientos. Es la capacidad de dejar de intentar controlar el mundo para, en su lugar, escucharlo. Es la quietud de ser simplemente un testigo.

La pregunta resuena en el aire del bosque, un eco para el aprendiz y para todos nosotros: ¿Cuándo se daría cuenta de que somos un testigo de la magia y no los creadores de la misma? ¿Cuándo reconocería el arrogante engaño que le aleja de recibir el don?

Ese don es el regalo de despertar, un tesoro que no está en un futuro lejano ni en un grimorio polvoriente, sino aquí mismo, oculto a plena vista en el corazón del presente.