La vida moderna a menudo nos empuja a la autocomplacencia, a la búsqueda constante de la gratificación personal y al cuidado de nuestro propio ego. Pero, ¿qué sucede cuando nuestras acciones se cruzan con las necesidades de los demás? Es fácil caer en la trampa de “hacer como que trabajamos para los demás, pero en realidad no estamos abandonando nuestro ego para hacerlo.” Esta frase, tan reveladora, encapsula una lucha interna que muchos enfrentamos: la tensión entre el yo y el nosotros, entre el deseo personal y la responsabilidad colectiva.

El verdadero quid de la cuestión reside en la autenticidad de nuestra entrega. Cuando haces algo por los demás tienes que hacerlo al 100%. No puedes comprometerte y luego no cumplir con esa persona. Un compromiso a medias no solo es ineficaz, sino que erosiona la confianza y el tejido de las relaciones humanas. No se trata de un simple acto transaccional, sino de una promesa, tácita o explícita, de que nuestra energía y nuestra intención están plenamente puestas al servicio de una causa o de un individuo.

Para muchos, el “deber” o la “misión” suenan a cargas pesadas. Sin embargo, tu deber debería ser lo más importante que debería haber en tu vida. Esto no implica una vida de sacrificio forzado, sino una de propósito. Si tu trabajo, si tu rol en la sociedad, no te satisface o no resuena con tu ser, entonces si no te gusta tu trabajo no lo hagas y cámbialo. Pero no cumplir no es la solución. La inacción o la complacencia en la mediocridad solo perpetúan una situación insostenible, tanto para uno mismo como para aquellos a quienes se supone que debemos servir. La solución no es eludir la responsabilidad, sino encontrar una que podamos abrazar con todo nuestro ser.

En última instancia, debes ser útil a los demás, cumplir tu misión en la vida con los demás. No puede ser algo tan egoísta. La existencia humana, en su esencia más profunda, se enriquece y cobra sentido en la interconexión. Cuando vivimos solo para nosotros mismos, nos privamos de la riqueza que proviene de contribuir al bienestar ajeno. La noción de que la vida debe ser para entregarla al hermano es un recordatorio poderoso de que nuestra plenitud a menudo se encuentra al trascender el ego y alinear nuestra voluntad con el bien mayor. Es en esa entrega desinteresada donde encontramos no solo la verdadera utilidad, sino también una profunda y duradera satisfacción.